Cámaras clásicas

Soy de los que creen que desarrollamos una particular relación afectiva con los objetos que diariamente nos rodean. Dejando de lado el mayor o menor grado de efectividad con que hayan sido diseñados, obtenemos en el tacto y manipulación de algunos de ellos un especial deleite que va un poco más allá de su grado de utilidad real, ya se trate de un reloj o de una estilográfica, de un viejo encendedor o de un automóvil.
El campo de la fotografía no resulta desde luego una excepción, y nos encontramos con que cada cámara fotográfica cuenta con una forma particular de caer en nuestras manos: su peso, su tacto, la disposición de sus controles, influyen en nuestra relación con el aparato como objeto, que se traducirá además en una particular plasmación de la imagen que finalmente decidamos captar. Porque todos hemos oído aquello de que "la cámara no hace la foto", pero lo cierto es que difícilmente obtendremos las mismas fotografías con una SLR programada, motorizada y armada con un potente objetivo zoom, que con una cámara de telémetro y un fotómetro de mano. No necesariamente mejores o peores en uno u otro caso: simplemente diferentes. No dudo que los últimos avances en rapidez de autofoco, arrastres motorizados de 10 fotogramas por segundo o velocidades altísimas de obturación, puedan resultar de gran utilidad en el ámbito de la fotografía deportiva; o que mediciones matriciales, flashes inteligentes y zooms de amplísimo rango puedan asimismo contribuir decisivamente a congelar un fugaz instante crítico en el campo del fotoperiodismo..., pero, la fotografía tranquila ¿necesita realmente de tales prestaciones?
No se trata de renegar de los avances técnicos, al contrario: fui en su día feliz usuario de la primera cámara multimodo del mercado, la irrepetible Canon A1. Su facilidad para la lectura de los valores en ambientes oscuros, unido a la sensibilidad de su fotómetro y sus completos programas, la convertían para mi en insustituible... (curiosamente, multimodo incluido, está cámara comienza también a considerarse un clásico). Pero con el tiempo fui observando que, en general, el motivo más frecuente por el que, en determinadas ocasiones, llegaba a malograrse una fotografía, estribaba en los inevitables errores de interpretación de los sistemas fotométricos automáticos de las cámaras. De forma que me fui habituando a comprobar manualmente, antes de cada toma, el valor lumínico de la escena, "reflexionando" acerca de si los valores indicados por el fotómetro podían o no estar siendo engañados por las particulares condiciones de la escena. Así que, con el tiempo, fui sintiéndome más cómodo bien con aquellas las cámaras en las que su automatismo no impedía un uso amable de la modalidad manual, bien directamente con los modelos "sólo manual". Entre estos últimos la Canon F-1 brillaría con luz propia, así como la legendaria Nikon F2, que suelo utilizar habitualmente con el pentaprisma básico DE-1.
Así, ¿por qué utilizar cámaras clásicas? La mejor respuesta a esta pregunta es sin duda la lectura del excelente libro Cómo coleccionar y usar las Cámaras Clásicas, de Ivor Matanle, por cierto el único publicado en idioma español sobre este tema y que recomendaría complementar con Collecting and using Classic SLRs, del mismo autor. No deja de llamarme la atención que Matanle, un veterano fotógrafo que habrá utilizado cientos de cámaras en su vida, se decante actualmente para sus trabajos profesionales, según cuenta, por la utilización del viejo modelo SRT-101 de Minolta, afirmando ufano que reunió un equipo formado por dos cuerpos del modelo mencionado y siete objetivos, por un total de unas 170 libras (unos 270 euros). Pero si lo que Vd. desea es gastar un poco más, no se preocupe: una Leica M con un 35 o un 50mm le costará, desde luego, un buen número de veces esa cantidad. Por cierto, por un prototipo de Nikon M (de telémetro) adjudicado en Christie's en la subasta de junio de 2000 se pagaron... ¡más de 30.000 euros!


Suerte y buenas fotos


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